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Siguiendo los pasos de Abraham

Cuando jugaba fútbol americano en la secundaria, siempre sonreía cuando los chicos aparecían al comienzo de la temporada, diciendo: “Voy a probar este deporte.”  Ya sabía lo que sucedería. Cuando salieran al campo de juego, terminarían aplastados… y no lograrían un puesto en el equipo.

Una de las razones era porque entendía muy bien a lo que se estarían enfrentando.

Enfrentarían a jóvenes que realmente disfrutaban demolerse entre ellos en cada partido. Chicos que llegaban al límite durante toda la semana, casi al punto de colapsar, solo para poder estar en forma. Jóvenes que soportaban el dolor muscular, los morados, narices rotas y cualquier otra cosa que te imagines con tal de poder practicar un deporte por el que ni siquiera les pagaban.

Cuando juegas contra un grupo como ese, la mentalidad de “Voy a tratar, Voy a probar” simplemente no funciona. Debes amar ese deporte por completo. Debes estar absolutamente determinado a jugar—y jugar para ganar. Debes quererlo al punto que, cuando te estén pegando por todas partes, puedas decir: “Cueste lo que cueste, voy a ganar; ¡triunfaré!”

Caso contrario, no lo aguantarás. Terminarás sin aire y saldrás corriendo a los vestuarios mientras el resto del equipo sigue peleando en el campo, golpeándose sin cesar porque lo consideran algo “divertido”.

En mis años de creyente, he descubierto la similitud entre lo que acabo de describir y lo que llamamos vivir por fe en Dios. Se trata de la aventura más emocionante y poderosa que exista; sin embargo, no funcionará para aquellos con una actitud de “probemos para ver qué pasa”. No producirá resultados para aquellos que solamente escuchan unos mensajes y dicen: “Creo que voy a probar este tema de la fe”. Si quieres ganar en ese estilo de vida, tendrás que considerarla algo preciado. Deberás tomar la misma actitud que Abraham tomó en la Biblia.

¡Él era alguien que quería caminar por fe! ¡Abraham nos definió el estándar!

Él deseaba andar en la manifestación del poder de Dios más que cualquier otra cosa en la Tierra. Lo quería más que a su familia. Lo deseaba más que a su vida. Él quería a Dios a tal punto, que creyó y actuó en Su PALABRA, sin importar lo que los demás dijeran o pensaran al respecto.

Lo puedes apreciar en su respuesta cuando Dios le dijo a los cien años de edad que él y su esposa de noventa tendrían un bebé. No solamente tuvo la audacia suficiente para creerlo, sino que hizo un anuncio público: “Soy el padre de muchas naciones. Desde ahora, no me llamen más Abram. ¡Llámenme Abraham, el padre de una multitud!”

¿Puedes imaginarte la reacción de la gente? Debieron haberlo tratado como un hazmerreír. Es posible que no se burlaran directamente en su cara, porque él era el hombre más rico de la región, pero, a sus espaldas, estoy seguro de que lo señalaban y decían: “¡Este viejo está completamente loco! No hay forma de que él y su esposa estéril tengan un hijo a su edad. Es imposible”.

Sin embargo, mientras ellos se burlaban, Abraham creía. Él se rehusaba a moverse por las imposibilidades. Tal como Romanos 4:19-21 dice: «Además, su fe no flaqueó al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (pues ya tenía casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en la fe y dio gloria a Dios, plenamente convencido de que Dios era también poderoso para hacer todo lo que había prometido».

Cuando se trató de vivir por fe en la PALABRA de Dios, Abraham fue tan audaz y decidido cómo le fue posible. De la misma manera que esos jóvenes con los que solía jugar fútbol americano, él iba con todo. Estaba cien por ciento comprometido a creerle a Dios.

La misma clase de fe que Dios usa

Tú y yo, como creyentes nacidos de nuevo, ¡podemos tener la misma actitud! Cuando vemos en la PALABRA de Dios que, por las llagas de Jesús fuimos sanados, podemos decidir no considerar los síntomas de la enfermedad en nuestro cuerpo. Podemos saltar de fe y decir: “¡Sí, Señor! ¡Yo soy el sanado del SEÑOR!”

Cuando vemos que nuestro pacto con Dios declara que Sus BENDICIONES nos hacen ricos y no añaden tristeza con ellas, podemos decir “¡Sí, amén! ¡Soy BENDECIDO y soy rico!” Podemos creerle a Dios cien por ciento, sin importar lo que nuestra cuenta bancaria o la gente diga al respecto.

“Sí, hermano Copeland, ¡pero yo no tengo esa clase de fe!”

La Biblia dice que sí la tienes, al referirse a todos aquellos que creemos en Jesús como aquellos que «siguen los pasos de la fe que tuvo nuestro padre Abraham» (Romanos 4:12).

Entonces, ¿qué clase de fe tenía Abraham? ¡Él tenía la misma clase de fe que Dios usa! Ningún ser humano había tenido esa clase de fe hasta que Abraham apareció en escena. Sin embargo, él la captó y, una vez lo hizo, la usó al máximo. De veras le creyó a Dios al punto que preservó su descendencia por miles de generaciones. Él puso tanta fe en su pacto con Dios que no existía forma de que Dios pudiera anular ese pacto o darlo por terminado. Como Él le dijo a Abraham en Génesis 22:16:18: «Yo, el Señor, he jurado por mí mismo que, por esto que has hecho, de no negarme a tu único hijo, ciertamente te bendeciré; multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que hay a la orilla del mar; ¡tu descendencia conquistará las ciudades de sus enemigos! En tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra, por cuanto atendiste a mi voz».

Nota que según esos versículos la fe de Abraham en Dios era tan fuerte que no le negó ni a su único hijo. El subió al monte y puso a Isaac en el altar del sacrificio simplemente porque Dios se lo pidió. Por consiguiente, obligó a Dios, como su compañero de pacto, a hacer lo mismo. Colocó a Dios en una posición en la que estaba atado en pacto a sacrificar a Su propio Hijo por toda la humanidad.

Dios sólo encontró esa clase de fe en la Tierra con Abraham. Él encontraba personas que le creían por las BENDICIONES financieras o por la sanidad. Sin embargo, ninguno había creído que Dios podía resucitar a alguien de entre los muertos—y cuando Abraham ofreció a Isaac, eso fue exactamente lo que él estaba creyendo que Dios haría.

Abraham no tenía el corazón roto ni lloraba el día en que puso a Isaac en el altar; eso es lo que las películas tontas de Hollywood han representado. Él tenía ese fuego de fe en sus ojos. «Y es que Abraham sabía que Dios tiene poder incluso para levantar a los muertos [Isaac]; y en sentido figurado, de entre los muertos lo volvió a recibir» (Hebreos 11:19).

Para Abraham era un hecho; él ya sabía el final desde el principio. Dios le había dicho: «Por medio de Isaac te vendrá descendencia» (Génesis 21:12); y Abraham lo creyó ciegamente. Él esperaba sacrificar al joven Isaac y después ver cómo Dios lo levantaba de las cenizas. Por supuesto, Dios envió un carnero para que tomara el lugar de Isaac y su sangre jamás fue derramada, pero, al final, lo que Abraham creyó fue lo que sucedió.

Jesús murió en la Cruz como el sacrificio de Dios para librarnos del pecado y la maldición, y después pasó tres días en el corazón de la Tierra; la fe de Abraham finalmente produjo ese fruto. ¡Su fe por la resurrección se unió con el poder del Dios todopoderoso y Jesús resucitó de entre los muertos!

Si te preguntas cómo la fe de Abraham, que había sido liberada miles de años antes de la Cruz, pudo tener algo que ver con la resurrección de Jesús, se debe a que en Dios no hay tiempo. Para Él no hay ninguna diferencia si son diez mil años, diez minutos o una centésima de segundo. Dios no se olvida de nada, excepto de los pecados que nosotros cubrimos con la sangre de Jesús. Cada gramo de fe que cada uno de nosotros ha liberado todavía se encuentra en Sus archivos.

Pueda que hayas creído por algo hace 35 años y después lo dejaste ir, pero, en cuanto a Dios se refiere, esa fe todavía está vigente. Si te sostienes en tus derechos de pacto, puedes reconectarte con ella y continuar en el mismo lugar donde la abandonaste. Puedes volver a tu fe en esa área y recibir el cumplimiento de las promesas que te pertenecen a través del pacto de Abraham con Dios.

Un pacto con Dios en ambos lados

“Pero, hermano Copeland” podrías decir, “como creyente del nuevo pacto, las promesas de Dios para mí no son a través de Abraham, sino a través de Jesús. Son mías por lo que Él hizo”.

Absolutamente, y también lo fue para Abraham. El suyo era un pacto con Dios en ambos lados. Lee acerca de cómo Dios lo estableció en Génesis 15 y verás a lo que me refiero. Cuando Él hizo Su pacto con Abraham, Él Mismo bajó, caminó entre la sangre de los animales sacrificados y le hizo promesas de pacto a la semilla de Abraham. «No dice: «Y a las semillas», como si hablara de muchos, sino: «Y a tu semilla», como de uno, que es Cristo» (Gálatas 3:16).

¡El pacto de Abraham tenía al Dios Poderoso por un lado y a Su Hijo, Jesús, por el otro!

Básicamente, Dios le dijo a Abraham: “Si crees en este pacto y actúas de acuerdo con él, te trataré tal como a Jesús. Podrás acercarte a Mí con la misma confianza que Él lo hace, y te recibiré y te trataré como si nunca hubieras pecado”.

Dios nos lo ha dicho en el Nuevo Pacto también a nosotros. Él no está diciendo: “Sal de mi vista, pecador”. Por el contrario, Él nos ha invitado a venir con confianza a Su trono de Gracia. Nos está diciendo: “He borrado tu pecado y ya no lo tengo en cuenta en contra tuya. Has sido lavado en la sangre del Cordero; si caminas delante de Mí por fe en Él, ¡te trataré como si nunca hubieras pecado!”

Por esta razón podemos seguir los pasos de la fe de Abraham. Estamos en el mismo pacto y Gálatas 3 nos lo confirma. Dice claramente: «Luego los de la fe son benditos con el creyente Abraham… Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis vestidos. No hay Judío, ni Griego; no hay siervo, ni libre; no hay varón, ni hembra: porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente la simiente de Abraham sois, y conforme a la promesa los herederos.» (versículos 9,26-29, RVA).

Mira nuevamente esos versículos. Se refieren a ti y a mí, como creyentes, como “la semilla” (simiente) de Abraham. La palabra simiente está en singular, hablando acerca de nosotros tal como lo está en el versículo 16 cuando se refiere a Jesús. Eso es importante. Nos permite saber que, cuando se trata de caminar en la fe de Abraham, todos estamos en esto juntos. Somos uno con Jesús y Él es uno con nosotros.

En el pasado, nuestra incapacidad de reconocerlo obstaculizó nuestro andar de fe. Nos tropezamos más de lo que deberíamos porque hemos fragmentado al Cuerpo de Cristo. Nos dividimos hasta que olvidamos que, cuando hablamos acerca de creyentes, en realidad estamos hablando acerca de Jesús; y, cuando hablamos acerca de Jesús, estamos hablando de la iglesia como un todo. Él es la cabeza y nosotros somos el cuerpo.

No puedes separar la cabeza del cuerpo y esperar que continúe funcionando. Para que la vida continúe fluyendo, los dos deben estar unidos. Por esa razón, nadie dice cuando entra a una habitación: “Aquí viene Kenneth y su cuerpo”. Tan solo dicen: “Ahí está Kenneth”, porque mi cabeza y mi cuerpo hacen parte del mismo cuerpo.

Lo mismo es cierto en el campo espiritual con el Cuerpo de Cristo. Como Jesús dijo en Juan 17:23, nosotros somos uno con Jesús y mutuamente, tal como Jesús y el Padre son uno. Jesús está en nosotros, Dios está en Él y nosotros estamos en Dios «para que sean perfectos en unidad».

Es tiempo de que renovemos nuestras mentes al respecto y dejemos de separarnos entre nosotros. ¡Nos necesitamos mutuamente! «Necesitamos caminar juntos: hasta que todos lleguemos a estar unidos por la fe y el conocimiento del Hijo de Dios» (Efesios 4:13).

Hay demasiado en juego como para permitir que pequeñas diferencias doctrinales y otra clase de ofensas nos separen. ¡Es muy importante creerle a Dios por la manifestación completa del poder de Dios en medio de nosotros! Vale mucho más que cualquier otra cosa en el mundo, y la única manera en la que lo haremos es al trabajar en unidad—aferrándonos mutuamente en amor (la fe obra por el amor), orando los unos por los otros y liberando nuestra fe por los demás.

¿Sabes lo que sucede cuando nos unimos de esa manera? Nos convertimos en más que cristianos individuales deambulando en la vida, tratando de hacer algo por Dios. ¡Nos convertimos en un equipo de fe! Nos convertimos en la versión espiritual de ese grupo salvaje de ganadores con los que jugué fútbol americano en la secundaria.

Esa es la clase de equipo que Dios está reuniendo en estos últimos tiempos antes de que Jesús regrese. Es un equipo de creyentes que aman absolutamente a Dios, que se aman mutuamente y que aman vivir por fe en la PALABRA de Dios. Es un equipo de creyentes que está aquí para quedarse y que está cien por ciento comprometido a pisotear al diablo.

¡Es un escuadrón de personas de Dios como tú y yo que hemos nacido de nuevo para seguir los pasos de fe de Abraham! V

(Artículo adaptado de la enseñanza de Kenneth Copeland del lunes 17 de agosto de 1981, en la primera Convención de Creyentes del Suroeste).

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