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Obtén la ayuda propia de Dios

Jesús se convirtió en el Señor de mi vida en 1971, al salir de aquella época de pelo largo, marihuana y drogas. No sabía mucho sobre lo espiritual, pero sí que Jesús era auténtico. La Palabra comenzó a cobrar vida de una manera espectacular. Descubrí que Jesús no solo era real, sino que también era significativo. Lo que dijo transformó mi vida.

Ninguna persona sabe realmente cómo pensar hasta que conoce a Jesús. Es entonces cuando reconocemos lo descabellado que era nuestro pensamiento antes de conocerlo. En mi caso particular, Jesús me llevó por un camino e hizo algo de lo que estoy muy agradecido: me presentó al Espíritu Santo, Aquel que moraría en mí, descansaría sobre mí y me ofrecería ayuda práctica; la clase de ayuda que solo el Señor proporciona… y que todos necesitamos.

El tema del Espíritu Santo es personal. Durante años, incluso después de ser salvo, acarreaba una mentalidad de fracaso a causa de un trauma de mi infancia. No había identificado su influencia en mi vida hasta que el Espíritu Santo me lo reveló. Él me dio justo lo que necesitaba: Su Ayuda.

Jesús prometió enviar al Consolador

En Juan 16, Jesús hizo una declaración revolucionaria a Sus discípulos. Había estado enseñando sobre el reino de Dios y demostrando el poder de Dios a través de señales y prodigios. Sus seguidores estaban asombrados por las demostraciones que experimentaban.

A continuación, dijo algo inesperado: «Pero les digo la verdad: les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes; pero si me voy, yo se lo enviaré» (versículo 7, RVC).

Los discípulos habían andado con Jesús, hablado con Él, habían visto los milagros que realizaba y le habían hecho preguntas cuando querían. Habían experimentado el gozo y el privilegio de tener al Mesías entre ellos y, de repente, Jesús anunciaba que se marchaba. No era un abandono… les enviaría a alguien especial en Su lugar: el Consolador. Se refería al Espíritu Santo, el que nos anima, nos consuela o, como escribió el apóstol Juan en su Evangelio, el Paráclito: El que nos acompaña.

Este momento crucial ocurrió tal cual Jesús lo había prometido. Cuando resucitó de entre los muertos y regresó al cielo, envió al Espíritu Santo. Hasta entonces, el Espíritu había desempeñado un papel diferente. En Génesis, se dice que se cernía sobre la superficie de las aguas. Bajo el Antiguo Pacto, “descendía” sobre jueces, guerreros y profetas. Pero cuando Jesús envió al Espíritu Santo, todo cambió. El Espíritu vino a vivir en la tierra… en nosotros.

El Espíritu Santo mora en nosotros

En Lucas 3:21-22, vemos un momento histórico en el que los tres miembros de la Trinidad entraron en acción: «Un día en que todo el pueblo estaba siendo bautizado, también fue bautizado Jesús. Y mientras Jesús oraba, el cielo se abrió y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma. Entonces vino una voz del cielo, que decía: «Tú eres mi Hijo amado, en quien me complazco».

En ese momento, todo cambió. El Espíritu Santo vino sobre Jesús. El Hijo conocía al Espíritu Santo, pero, en ese momento, el Espíritu Santo descendió sobre Él como una paloma. Jesús, la Palabra de Dios, se había hecho carne. Junto con el Espíritu, Jesús reveló al Padre. Trabajaron en equipo para mostrarle a la humanidad el poder de Dios.

Hoy en día, todos los creyentes tienen al Espíritu Santo morando en su interior: Su revelación y Su poder. Por supuesto, no todos los creyentes permiten que el Espíritu de Dios se mueva en sus vidas. Todos hemos tenido momentos en los que deberíamos haber aceptado la ayuda del Espíritu Santo, pero decidimos ignorarla. Sin embargo, Su ayuda está a nuestra disposición.

El Espíritu Santo descansa sobre nosotros

El Espíritu de Dios no solo está dentro de nosotros, sino que también descansa sobre nosotros. Él puede descender sobre nosotros, tal como lo hizo con Jesús.

Después de que Jesús les dijera a los discípulos que debía irse para poder enviar al Consolador, prosiguió: «Cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. En cuanto a pecado, porque no creen en mí» (Juan 16:8-9, RVA-2015).

Los creyentes deben creer. Debemos aferrarnos a lo que dice la Palabra, independientemente de lo que esté sucediendo a nuestro alrededor. El Espíritu Santo nos recuerda y nos instruye sobre aquello a lo que debemos aferrarnos para poder creer correctamente en Dios y en Jesús. No solo necesitamos creer en el sacrificio de Jesús, sino que también necesitamos creer en la capacidad del Espíritu Santo para hacer lo que está más allá de nuestra capacidad natural. Debemos tener pensamientos que no tendríamos por nosotros mismos y decir palabras que de otra manera no diríamos. Lo hacemos, y aún más, por el Espíritu de Dios.

El Espíritu Santo habla

Por mucho que haya aprendido, todavía me queda mucho por aprender, no solo conocimientos naturales, sino también conocimientos del Espíritu.

Jesús habló de esto en el versículo 13, cuando dijo: «Y cuando venga el Espíritu de verdad, él los guiará a toda la verdad pues no hablará por sí solo sino que hablará todo lo que oiga y les hará saber las cosas que han de venir» (RVA-2015).

¿No es maravilloso que el Espíritu Santo nos comparta «las cosas que han de venir»? ¡Gloria a Dios! No solo nos da palabras proféticas colectivas sobre los días venideros, sino que también nos revela cosas que han de suceder en nuestra vida individual. Quiere mostrarnos lo que debemos evitar y lo que debemos aceptar.

Ese mismo versículo en La Traducción de la Pasión (The Passion Translation) dice: “Pero cuando venga el Espíritu que da la verdad, él revelará la realidad de toda verdad dentro de ustedes. No hablará por su cuenta, sino solo lo que oiga del Padre, y les revelará proféticamente lo que está por suceder”.

Considera la obra del Espíritu Santo en cada creyente: sanidad, sabiduría, milagros y energía. Esas obras están en nosotros. Nosotros somos los responsables de darle acceso al Espíritu Santo, prestándole atención y siguiendo Su guía, especialmente cuando se trata de pensamientos carnales, malos hábitos e incluso errores del pasado. Podemos confiar en que Él nos guiará hacia los planes que Dios tiene para nosotros, siempre más allá de lo que podamos hacer en nuestras fuerzas.

El Espíritu Santo nos ayuda en nuestras debilidades

Nos cuesta admitir nuestras debilidades, pero todos las tenemos. Afortunadamente, el Espíritu Santo también nos ayuda al respecto. Romanos 8:26 dice: «Y asimismo, también el Espíritu nos ayuda en nuestras debilidades; porque no sabemos cómo debiéramos orar pero el Espíritu mismo intercede con gemidos indecibles» (RVA-2015).

Dios nos ha provisto ayuda para cualquier debilidad, ya sea en nuestro hogar, familia, nuestras relaciones, cuerpo, ministerio o mentalidad.

La palabra ayuda en el griego original es en realidad un compuesto de tres palabras diferentes que nos dan mucha información sobre la clase de ayuda y la manera en que nos ayuda el Espíritu Santo.

La primera significa “estar en armonía”, lo que significa que el Espíritu Santo está en armonía con nosotros y requiere que nosotros estemos en armonía con Él para recibir Su ayuda. La segunda palabra significa “aprovechar, agarrar o tomar con agresividad”. La ayuda está disponible porque no solo nosotros estamos en armonía con Dios, sino que Él también está en armonía con nosotros. La tercera significa “estar en contra de esa debilidad”. En otras palabras, no es excusable. El Espíritu Santo está en contra de nuestra debilidad, no para avergonzarnos, sino para librarnos. Él se une a nosotros contra nuestra debilidad. Nosotros también debemos unirnos a Él. No podemos excusarla, al decir: “Es que soy así.”

Esta es otra área en la que Dios quiere ayudarnos, para que podamos librarnos de cualquier cosa que impida que el Espíritu de Dios se mueva en nuestra vida. El Espíritu nos da la esperanza de que las cosas no tienen por qué seguir igual. No tenemos que quedarnos atrapados en el fango ni vivir por debajo de lo mejor que Dios tiene para nosotros.

La ayuda del Espíritu Santo no es automática

La conclusión es que el Espíritu Santo ha venido a ayudarnos. Pero Su ayuda no es automática. Tenemos que decir: “Espíritu Santo, te necesito.” Tampoco es una oración que se haga una sola vez, sino una petición constante. Debemos reconocer que necesitamos Su ayuda e influencia continuamente en todas las áreas de la vida.

Doy gracias a Dios porque el Espíritu Santo vino a mí, descansó sobre mí e, incluso después de ser salvo, me reveló los efectos que el trauma había tenido en mi vida. Él me otorgó la sanidad y lo erradicó de mi vida cuando se lo pedí. Le permití que me mostrara la fuente de mi debilidad y reconfigurara mi cerebro. ¿El resultado? Soy libre… ¡dulcemente libre!

El ministerio del Espíritu Santo es real y está a nuestra disposición. Permitirle que me dé Su ayuda divina ha marcado una gran diferencia, y quiero que experimentes lo mismo. Tómate un instante para pedirle al Espíritu Santo que se revele de una manera real y significativa. Pídele que te revele la Verdad, que sea tu Ayudador. ¡Él está listo para hacer lo que solo Él puede hacer! V

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