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John Copeland: De tocar fondo a la redención

Hijo de los renombrados tele-evangelistas internacionales Kenneth y Gloria Copeland, John creció en un hogar permeado por la fe. Inmerso en el ministerio, su vida era tan normal como la de cualquier otro hijo de predicador. Con su padre viajando y predicando de manera constante, John aprendió desde muy temprano a adaptarse a una vida bajo el cuidado protector de su madre (siempre que ella no viajara con Kenneth) y a maniobrar estratégicamente para ganar las disputas con su hermana mayor, Kellie.

Era algo típico para cualquiera de su edad.

Sin embargo, la vida no se detiene para nadie. Tampoco lo hacen las dificultades, ni las lecciones aprendidas a causa de las mismas.

John admite que muchas veces sentía que vivía bajo una gran lupa.

“Siempre he sido auténtico”, dice John. “Pero, al mismo tiempo, crecí en una atmósfera en la que todo el mundo te escudriña sin cesar. Básicamente, es como estar en un tubo de ensayo. Por ejemplo, iba a la iglesia y, independiente del momento, podía girarme y ver a alguien observándome fijamente. Si durante la alabanza y la adoración yo estaba de pie pero no tenía las manos levantadas, pensaba: Es la alabanza y la adoración, y no estoy levantando las manos. Si no levanto las manos, podrían pensar que no estoy conectado. ¿Tengo que levantar las manos para que la gente piense que soy espiritual? ¿Los hará sentirse mejor?”

“El problema es que, si me dejo influenciar por pensamientos de esa naturaleza, solo estoy siendo falso, no auténtico.”

La gente experimenta la falsedad todo el tiempo. La ven en la televisión, en Instagram y en otras redes sociales. Incluso se ve desde el púlpito de la iglesia. Muchos predicadores y pastores se suben y actúan como si fueran perfectos, y dicen cosas como: “Tú también deberías ser perfecto.” Eso no podría ser más lejano a la realidad. Lo cierto es que nadie es perfecto. Todo el mundo tiene problemas, y eso es lo que la gente necesita oír. Quieren que la gente sea auténtica, se levante y diga: ‘Saben, tengo problemas.’”

La condena de la gente se debe a su conciencia de pecado y a la vergüenza, realidades a las que se enfrentan. Saben que tienen imperfecciones. Lo que necesitan saber es que Dios también sabe que las tienen y que quiere ayudarlos a superarlas. Jesús lidió con personas que eran extremadamente imperfectas. Fíjate solo en Sus discípulos. Eran muy imperfectos. Fíjate en el rey David y las cosas que hizo.

Todo el mundo tiene problemas. Puede que sean de diferente gravedad, pero siguen siendo problemas. La cuestión es que, cuando no fingimos y somos sinceros con la gente, les damos esperanza. No se trata solo de que la gente hable de las dificultades por las que ha pasado y de cómo Dios los ayudó a superarlas. Se trata de que las personas admitan sus faltas, sus fracasos, sus debilidades, y busquen la ayuda de Dios para salir adelante. Eso es lo que les da esperanza, porque creen que, si Él lo hizo por ellos, también puede hacerlo por mí.

Una dirección diferente

Ninguna de estas realidades eran evidentes para John cuando adolescente.

Aunque no tenía ningún deseo de seguir los pasos de sus padres y dedicarse al ministerio, después de terminar la secundaria terminó formando parte del equipo de KCM en 1984, primero como soldador y luego en el Departamento de Mantenimiento, donde finalmente fue ascendido a Director de Instalaciones en 1990.

Un par de años más tarde, John fue promovido a un puesto de enorme responsabilidad al convertirse en Director de las Oficinas Internacionales de KCM. Sus responsabilidades incluían la supervisión de las operaciones de cada una de ellas, ubicadas en aquel entonces en Canadá, el Reino Unido, Ucrania, Sudáfrica y Australia. Dos años más tarde, a sus 28 años, John se enfrentó a lo que sería su mayor reto hasta entonces: el cargo de Director Ejecutivo de los Ministerios Kenneth Copeland.

Tras dos décadas de exitoso liderazgo, John entró en una temporada de profundas dificultades, incluyendo problemas matrimoniales. En lugar de acudir a Dios en busca de ayuda, John confiesa que recurrió al alcohol para escapar del dolor de la tensión a causa de su fallida relación.

Para la mayoría, parecía lógico que a John se le asignara la responsabilidad de supervisar las operaciones diarias de uno de los ministerios cristianos más grandes del mundo. Al fin y al cabo, al ascender en el escalafón, había demostrado su capacidad y compromiso. Parecía un ascenso obvio para las personas que lo veían con optimismo.

En realidad, eso era lejano a la realidad.

John pronto descubrió que, en lugar de proporcionarle una vía de escape, su adicción al alcohol lo estaba alejando de su llamado y del propósito que Dios tenía para su vida.

Sin embargo, para entonces, ya era demasiado tarde.

El arresto que lo cambió todo

El punto de inflexión se produjo una noche de 2016, cuando John fue detenido por la policía y arrestado por conducir en estado de embriaguez (D.W.I. por sus siglas en inglés). Aunque la infracción no involucró a ningún otro vehículo y nadie resultó herido, tendría graves consecuencias en su vida, comenzando por pasar una noche en la cárcel.

La vergüenza de la posible humillación pública y el fracaso le pesaban mucho. Más que nada, le preocupaba lo que esto podría significar para la reputación de sus padres y el ministerio que habían construido durante décadas.

Aunque la infracción de tráfico se resolvió en los tribunales con una simple multa, durante el año posterior a su detención John vivió bajo una gran opresión a causa de la culpa, esperando a que sus padres se enteraran de una manera u otra. Cuando finalmente lo hicieron, Kenneth Copeland le dijo a su hijo que creía que lo mejor era que renunciara como Director Ejecutivo del ministerio.

John estuvo de acuerdo.

Durante años, John Copeland había vivido bajo el peso de un legado y la presión de las expectativas. Su vida se había moldeado sobre la base de la integridad, la fe y la confianza en Dios. Ahora, sin trabajo y prácticamente en soledad, se enfrentaba a la que quizás fuera la decisión más importante de su vida: ¿Cómo seguir adelante?

Inseguro sobre su futuro, John finalmente decidió abandonar Texas y mudarse a Florida.

“Había trabajado durante 31 años de mi vida y había estado casado durante 30”, reflexiona John. “Al mudarme a Florida, era la primera vez que no tenía a nadie conviviendo conmigo. Mis hijos estaban en la universidad y mi matrimonio había terminado. Era la primera vez que estaba solo. Durante los primeros seis meses en Florida, no tuve ningún amigo.”

“Tuve que aprender a estar solo, conmigo mismo y con Dios”, dice John. “Eso fue una revelación para mí. Tienes que llegar a un punto en el que te sientas bien en soledad, porque no puedes esperar que otra persona te haga feliz.”

“Al principio no hablaba mucho con la gente, pero descubrí que debía tener alguna clase de interacción social”, recuerda John. “Pasé de tener una comunidad de amigos, principalmente gracias a quién era mi padre, a verme obligado a salir de mi zona de confort y crear una vida completamente nueva. Tuve que hacer amigos por mi cuenta, con gente que no me conocía ni sabía de dónde venía.”

“De hecho, empecé a disfrutar de las charlas triviales.”

Un verdadero punto de inflexión

Con el tiempo, dice John, empezó a darse cuenta de que su “vida espiritual se había aquietado.”

“Cuando me fui de Texas”, dice, “no estaba enfadado con Dios. Simplemente dejé de comunicarme. Dejé de leer la Palabra. Dejé de orar. Me dediqué a hacer mis propias cosas, incluyendo los contratos de negocios. En poco tiempo, llegué a un punto en el que nada funcionaba. Todo lo que intentaba… fracasaba. Cada día sentía como si me dieran una patada en el estómago. Debería haber estado ganando dinero pero, en cambio, lo estaba perdiendo. ¡Lo perdí todo!”

Esa realidad eventualmente sacudió a John hasta lo más profundo. Pero pronto descubriría que, aunque su vida espiritual se había quedado en silencio, no estaba muerta.

“Puedes llegar a un punto en el que te sientes tan vacío y negativo, que tus expectativas se vuelven negativas”, dice John. “Sin embargo, Dios nos dio las herramientas para salir de cualquier situación en la que nos encontremos: Su Palabra y nuestra boca.”

Para John, todo comenzó con sus palabras.

“Empezaba cada día diciendo: ‘Hoy va a ser el mejor día de mi vida.’ Era así de sencillo. Lo creyera o no, lo decía. Y, si ese día no salía tan bien, pasaba al día siguiente con la misma confesión.”

John también hizo algo adicional.

Decidió mirar la realidad cara a cara.

“Un día, acerqué una silla al espejo y me senté. Con un bloc de notas en mano, me miré en el espejo y dije: “Si fuera sincero, ¿qué cosas estoy haciendo que no debería hacer y qué cosas no estoy haciendo que debiera hacer?” Luego, mirándome a los ojos, empecé a decir esas cosas en voz alta y a escribirlas.

“Fue algo brutal para mí”, recuerda John. “¿Cuántas veces somos realmente sinceros con nosotros mismos de esa manera?”

Redescubriendo el propósito

A medida que comenzaba a reconstruir su vida y su fe, John también comenzó a buscar a Dios para redescubrir su propósito.

“Tuve que irme al desierto por un tiempo”, dice, refiriéndose a su mudanza a Florida. “Tienes que llegar a ese punto en el que te das cuenta de que ‘solo no puedo y no voy a hacer esto sin Él.’ Dios nos creó con un propósito, pero hay mucha gente que siente sin uno, o que ni siquiera intenta encontrarlo. Yo estuve en esa situación durante un tiempo. Pero Dios nunca me abandonó.”

Durante esa temporada, John encontró la libertad en la simplicidad y la honestidad, eligiendo la paz por encima del dinero y la autenticidad por encima de las apariencias, dice. Una de las lecciones que más le impactó fue la importancia de la empatía.

“A veces, a la iglesia le cuesta ser sincera con la gente”, dice John. “Muchos cristianos nunca se han enfrentado a las adicciones o el fracaso, por lo que no tienen empatía. Creen que ser bueno toda la vida te hace mejor que los demás, pero ese tipo de pensamientos puede impedirte comprender el dolor del prójimo. Jesús no se relacionaba con personas perfectas. Estaba con los quebrantados, los marginados.”

“Por eso quiero ser transparente con la gente, en todo lo que hago. Mi experiencia en mi punto más bajo me ha ayudado a empatizar con la gente y a entenderla tal como es.”

“Si nunca has vivido en lo más bajo, no puedes ayudar realmente a las personas que están allí. La gente no necesita tu teología, sino tu honestidad. Ahora mi compasión por la gente es mucho mayor. Solo quiero sacar a la gente del fango, y decirles que Dios no los ha olvidado.”

“Nunca me he sentido llamado a predicar”, admite John. “Pero le dije a Dios: ‘Haré lo que me pidas, solo dame la gracia y el deseo de hacerlo.’ Pero siempre he sabido que estaba en una corriente diferente. No tengo todas las escrituras memorizadas y listas para citar. Mi corazón está con aquellos que piensan que lo han desperdiciado todo: las ovejas negras, los que se autoproclaman fracasados, las personas que piensan que Dios no las ama porque lo han estropeado todo.”

“Crecí rodeado de la Palabra toda mi vida, pero eso no me hace inmune a las luchas reales. Tuve que encontrar a Dios por mí mismo, no a través de la iglesia, ni de la religión, sino a través de lo que he experimentado en los últimos años. Durante un tiempo, no podía oír nada. Pero seguí confesando, seguí hablando de la vida y seguí esperando cosas buenas.”

Por más de dos años antes de regresar a Texas, John ejerció su compasión ayudando a otras personas que luchaban contra la adicción a través de un centro de rehabilitación que cofundó y que ofrece desintoxicación médica completa, atención residencial y responsabilidad a largo plazo para hombres con adicciones. El Centro Recovery Bay sigue funcionando en la actualidad.”

En el 2022, el Señor dirigió a John a regresar a su hogar en Texas.

“Simplemente supe que era el momento de volver a casa”, dice. “Necesitaba estar más cerca de mamá y papá como mis padres. Estando con papá fue la primera vez que sentí que tenía un propósito. No había un propósito más alto que ayudarlo y apoyarlo. Solo por esa experiencia, puedo decirte que un hombre sin propósito es un hombre muy vacío. Es un sentimiento muy vacío.”

Ese regreso a casa no solo acercó a John a sus padres, sino que también marcó un nuevo comienzo en su vida personal.

Después de pasar más de un año con su hijo de gira, Kenneth le pidió a John que volviera al ministerio como Director Ejecutivo. En mayo del año pasado, John volvió a la oficina y al llamado que Dios le había encomendado más de 30 años atrás.

Ahora vive en Texas, se ha vuelto a casar y disfruta de su antiguo puesto como Director Ejecutivo de KCM. John comparte con franqueza sobre la naturaleza asfixiante de la vergüenza con el personal de KCM. Recuerda cómo, especialmente en la cultura de la iglesia, las luchas como la adicción a menudo se ocultan en lugar de sacarse a la luz. Para los líderes, el miedo al juicio puede ser abrumador, dice. Recordando, reconoce que incluso los fracasos dolorosos pueden convertirse en bendiciones cuando se afrontan con humildad.

“A veces suceden cosas y, en ese momento, piensas que es lo peor que te ha pasado”, dice John. “Pero, si te mantienes conectado con Dios y sigues adelante, Él puede convertirlo en algo bueno. Los errores pueden convertirse en peldaños si estamos dispuestos a aprender y dejamos que Dios los redima. Ocultarlos solo alimenta el ciclo. Pero, una vez que los sacas a la luz, la vergüenza desaparece. Incluso en el fracaso, la fe puede ser el ancla que te mantenga avanzando.”

Lo que antes parecía el fin puede convertirse en la puerta a un nuevo llamado.

“No soy perfecto”, dice John. “Nadie lo es. Sin embargo, si lo que pasé puede ayudar a otra persona, entonces valió la pena.”

El viaje de John Copeland es uno de dolorosa honestidad. Las luchas matrimoniales, la adicción y una infracción por embriaguez pueden haberlo llevado a las profundidades de la vergüenza y a la pérdida de su papel en el ministerio. Sin embargo, esos mismos fracasos se convirtieron en el terreno fértil para la redención.

En su cargo ministerial, su vida es testimonio de que, incluso en los capítulos más oscuros, la redención es posible. Su historia es ahora una herramienta, no de vergüenza, sino de sanidad, para aquellos que, como él, se han sentido atrapados en ciclos de adicción y fracaso.

Entre las muchas palabras de aliento que comparte sobre su trayectoria, John se apresura a recordarle a la gente una sola cosa: “Cuando sientas que has perdido la esperanza, controla lo único que puedes: ¡TUS PALABRAS! Ten fe en Dios y observa cómo Él revierte la situación.” V

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