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Descubre los misterios

En 1492, Colón surcó el océano azul… y descubrió un lugar de abundancia en Dios. Descubrió las Américas.

¿Qué lo dirigió en su travesía hacia ese lugar de abundancia en Dios?

La sabiduría. La sabiduría de Dios.

Aunque los niños en el colegio pueden recitar el valiente viaje de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo, hay una parte de aquella historia que probablemente la mayoría de los adultos nunca haya escuchado.

No fue hasta 1987 que las memorias de Cristóbal Colón se tradujeron al inglés y se dieron a conocer abiertamente. Se debe a que había gente que no quería que el mundo supiera todo lo que él quiso transmitir.

Fue Colón quien escribió:

“La gente ha dicho que yo era un navegante. Pero yo sabía poco de navegación. Sabía mucho de mi Dios.”

En sus memorias, Colón dejó en claro que fue Dios quien sembró en su corazón la idea de partir en busca del Nuevo Mundo. Sin embargo, aunque el deseo era fuerte, Colón simplemente no sabía qué hacer. Así que buscó la sabiduría de Dios.

Durante aquella temporada en la que buscaba la sabiduría de Dios, el Espíritu Santo llevó a Colón a Proverbios 8:27 (RVR1960): «Cuando formaba los cielos, allí estaba yo [la sabiduría]; Cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo».

Mientras Colón leía ese versículo, el Espíritu de Dios le dijo: No puede ser un círculo, a menos que sea redonda.

“El Señor Jesús, en Su sabiduría”, escribió Colón más tarde, “me mostró en Su Palabra que el mundo era redondo, y que no había forma de que pudiera fallar. Zarpé basándome en ese versículo.”

Con esa revelación, la sabiduría de Dios abrió la puerta a todo el hemisferio occidental del globo terráqueo.

Información privilegiada

La sabiduría es mucho más que un montón de información metida en la cabeza. Es la capacidad divina de Dios para aplicar correctamente el conocimiento que ya posees.

Cristóbal Colón tenía mucho conocimiento. Sin embargo, incluso él mismo admitió que no sabía lo suficiente para encontrar el camino al Nuevo Mundo. Necesitaba sabiduría. Necesitaba la perspicacia y el entendimiento de Dios sobre qué hacer con aquello que sí sabía.

El apóstol Pablo escribió en 1 Corintios 2:6-8:

Sin embargo, entre los que han alcanzado la madurez sí hablamos con sabiduría, pero no con la sabiduría de este mundo ni la de sus gobernantes, los cuales perecen. Más bien hablamos de la sabiduría oculta y misteriosa de Dios, que desde hace mucho tiempo Dios había predestinado para nuestra gloria, sabiduría que ninguno de los gobernantes de este mundo conoció, porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria.

La sabiduría de Dios está oculta. Es un misterio para muchos seres humanos desprevenidos, entre los que se incluyen algunos cristianos.

Adicionalmente, la sabiduría de Dios también está oculta para todos los seres angelicales, sean buenos o malos.

Como seres espirituales programados, los ángeles y los espíritus demoníacos (es decir, satanás y su pandilla) no cuentan con lo necesario para procesar la sabiduría.

Sería el equivalente a una computadora que se despertara una mañana y dijera: “Estoy cansada de llevar el control del inventario de esta empresa. Ya no quiero saber nada de autopartes. Quiero aprender sobre baloncesto.”

Eso nunca sucederá a menos que alguien reprograme la computadora con datos de baloncesto.

Del mismo modo, Dios diseñó a los ángeles para que le sirvieran a Él y a nosotros (Salmo 103:20-21). Por lo tanto, solo pueden acceder a la sabiduría de Dios después de que tú y yo la manifestemos en este reino natural. La reciben directamente de Dios o indirectamente de nosotros.

Así que, mientras que la sabiduría de Dios sigue siendo un misterio para estos seres angelicales, sí se encuentra a nuestra disposición. De hecho, Dios ocultó Su sabiduría para nosotros antes de la fundación del mundo, y la ocultó con un propósito específico.

Acabamos de ver en 1 Corintios 2:7 que Dios ocultó Su sabiduría «para nuestra gloria».

Ahora bien, para mucha gente de la iglesia, la gloria no significa más que: “¡Ah, sí, gloria a Dios!” Conforme su manera de pensar, no tiene sustancia alguna.

Sin embargo, cabe notar que la primera vez que se usó la palabra gloria en la Biblia, fue para describir la riqueza que Jacob había acumulado gracias a LA BENDICIÓN de Dios sobre su vida (Génesis 31:1). Es interesante porque, en el estudio bíblico, existe lo que se llama la ley de la primera mención.

Cuando una palabra se usa por primera vez en la Biblia, su significado en esa primera referencia se traslada a todas las referencias posteriores. Incluso, si la palabra se usa en un contexto diferente, la definición original de la palabra se mantiene en cierta medida. En este caso, la palabra hebrea en Génesis 31 que traducimos como gloria significa literalmente “super pesada”. La riqueza de Jacob se describió como “super pesada”.

¿Alguna vez has oído llamar a alguien “peso pesado”? Normalmente se refiere a alguien que tiene mucho dinero, y todo el poder que eso conlleva. Bueno, Dios es el Peso Pesado. Y en pasajes posteriores de las Escrituras, la palabra gloria se refiere a las cosas pesadas, o de gran peso, de Dios.

¿Soy un peso pesado?

El apóstol Pablo estableció la conexión entre las cosas pesadas y de gran importancia de Dios y la sabiduría de Dios, cuando escribió:

«Como está escrito: «Las cosas que ningún ojo vio, ni ningún oído escuchó, Ni han penetrado en el corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman.» Pero Dios nos las reveló a nosotros por medio del Espíritu, porque el Espíritu lo examina todo, aun las profundidades de Dios» (1 Corintios 2:9-10).

La gloria de Dios, al igual que la sabiduría de Dios, ha sido un misterio. De hecho, en este pasaje, Pablo estaba citando lo que Isaías había profetizado siglos antes (lee Isaías 64:1-4).

Isaías había vislumbrado esta bondad de Dios, tan profunda y trascendental. Y aunque no entendía del todo lo que había visto de la gloria de Dios, vio lo suficiente para saber que las naciones temblarían ante ella.

Jeremías amplió esta revelación de la gloria de Dios cuando profetizó: «Entre todas las naciones de la tierra, que sabrán de todo el bien que les haré, Jerusalén será para mí motivo de gozo, alabanza y gloria. Y las naciones temerán y temblarán al ver todo el bien que les haré y toda la paz que les haré» (Jeremías 33:9).

Incluso antes de la fundación del mundo, Dios hizo al hombre rico más allá de sus sueños e imaginaciones más descabelladas. Dios había establecido en Él un lugar de abundancia para Su pueblo. Un lugar abundante en amor, alegría, paz, salud, riqueza y demás (Salmo 66:12).

De eso hablaba Pablo cuando escribió:

“Porque somos obra de Dios (Su creación), recreados en Cristo Jesús, [nacidos de nuevo] para que hagamos las buenas obras que Dios predestinó (planeó de antemano) para nosotros [tomando los caminos que Él preparó con anticipación], para que andemos en ellos [viviendo la buena vida que Él dispuso y preparó para que viviéramos]” (Efesios 2:10, Biblia Amplificada, Edición Clásica, AMPC).

Toda esta “buena vida” fue preparada para nosotros antes de la fundación del mundo. Sin embargo, hoy en día, este lugar de abundancia en Dios sigue siendo un misterio para gran parte de la Iglesia. No hemos sabido cómo aferrarnos a la bondad sobreabundante que Dios apartó para nosotros en esta vida.

¿Cómo nos ponemos en ese camino hacia nuestra vida abundante en Dios?

Volviendo a 1 Corintios 2, vemos que Pablo continuó diciendo: «Pues ¿quién de los hombres conoce las cosas profundas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también, nadie ha conocido las cosas profundas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para que conozcamos las cosas que Dios nos ha dado gratuitamente» (versículos 11-12, RVA-2015).

Es por el Espíritu de Dios que «conocemos las cosas que Dios nos ha dado gratuitamente». Colosenses 2:3 dice que «todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» están escondidos en Cristo. Están escondidos en el Ungido y en Su unción. Eso significa que esos tesoros están escondidos dentro de nosotros desde el momento en que nacemos de nuevo.

La sabiduría de los siglos está a solo 45 centímetros debajo de tu cabeza. Está guardada en lo más profundo de tu ser interior, en tu espíritu renacido. Todo lo que tienes que hacer es trasladarla de tu corazón a tu mente.

Tu propio tesoro escondido

Cuando Adán pecó por primera vez en el Jardín del Edén, la gloria de Dios abandonó su espíritu. La luz y la vida de Dios le fueron quitadas. Quedó separado de Dios y asumió la naturaleza pecaminosa del ángel caído satanás, el querubín que una vez fuera ungido, cuya sabiduría también había sido corrompida (Ezequiel 28:17).

Al final, el hombre perdió el contacto con la sabiduría de Dios.

Sin embargo, como vimos antes, Dios ya había escondido Su sabiduría para nuestra gloria (1 Corintios 2:7). La había escondido en Jesús antes de la fundación del mundo.

Primera de Pedro 1:20 dice que Dios también predestinó a Jesús antes de la fundación del mundo. ¿A qué lo predestinó? Para darnos a conocer «nuestra sabiduría, nuestra justificación, nuestra santificación y nuestra redención» (1 Corintios 1:30).

Nos reconectamos con la sabiduría de Dios en el momento en que nacimos de nuevo. Sin embargo, como la mayoría de los creyentes, simplemente no hemos sabido cómo acceder a ella.

Eso me recuerda a mi abuelo, que era granjero en el extremo noroeste de Texas, donde la agricultura era difícil a causa del viento y la resequedad.

Un día, el hijo mayor de mi abuelo, que se había graduado de la universidad y trabajaba en agricultura para el gobierno estatal de Nuevo México, llegó a casa y le dijo a su papá que había un enorme río subterráneo debajo de su granja.

Bueno, cuando mi abuelo decidió perforar, el agua surgió como nunca. Terminó teniendo uno de los primeros pozos de riego de esa zona y empezó a tener cosechas abundantes todo el tiempo. Un año en particular, fue el único granjero de todo el condado que tuvo cosecha.

La cuestión es la siguiente: aquellos granjeros habían estado sentados sobre un río de riqueza durante años, pero nunca habían sabido aprovecharlo. Desconocían su existencia.

La sabiduría de Dios, ese poderoso río de conocimiento del Espíritu Santo que va más allá de todo entendimiento natural, yace en lo más profundo de nosotros, y es el camino hacia nuestro lugar de abundancia en Dios. Sin embargo, en su mayor parte, permanece desaprovechada.

Resolviendo el misterio

La clave para extraer la sabiduría de Dios de nuestros corazones y llevarla a nuestras mentes se encuentra en 1 Corintios 14, donde el apóstol Pablo describe un misterio adicional: «pues el que habla en lenguas extrañas le habla a Dios, pero no a los hombres; y nadie le entiende porque, en el Espíritu, habla de manera misteriosa» (versículo 2).

Es importante descubrir que este misterio del que habla Pablo aquí, el misterio de hablar en lenguas o de orar en el espíritu, está directamente relacionado con el misterio que encontramos en 1 Corintios 2: el misterio de la sabiduría de Dios. Son el mismo misterio.

Sin embargo, es igual de importante identificar que la sabiduría de Dios y el hablar en lenguas desconocidas no tienen por qué seguir siendo un misterio para nosotros. En 1 Corintios 14:13-14, Pablo nos dice el porqué: «Por lo tanto, el que hable en una lengua extraña, pida en oración poder interpretarla. Porque, si yo oro en una lengua extraña, es mi espíritu el que ora, pero mi entendimiento no se beneficia».

Cuando oramos en lenguas, no dependemos de nuestra mente para orar. Extraemos esas expresiones de nuestro espíritu, por medio del Espíritu Santo. Es nuestro espíritu el que ora. Y, como ya hemos visto, nuestro espíritu es donde Dios escondió Su sabiduría. Así que nuestro espíritu está en contacto con todos los tesoros de sabiduría y conocimiento.

Por lo tanto, cuando necesitas la sabiduría de Dios para cualquier situación, puedes seguir las instrucciones de Santiago 1:5: Debes pedirla. Puedes orar: “Padre, dijiste que la sabiduría es lo principal (Proverbios 4:7), así que te la pido para este asunto que estoy enfrentando. Espíritu Santo, al comenzar a orar, creo que me darás palabras para hablar de los misterios relacionados con esto.”

Ahora, basándonos en lo que acabamos de ver en 1 Corintios 14:13-14, aún no hemos terminado. También necesitamos orar como Pablo instruyó: “Padre, mientras oro por los misterios sobre este tema, mientras expreso Tu sabiduría sobre este asunto en otras lenguas, te pido también su interpretación.”

“Bueno, hermano Copeland, ¿cómo sé si estoy diciendo lo correcto? ¿Cómo sé que no me estoy inventando algo?”

Para empezar, cualquier cosa que tenga que ver con la oración, o con Dios, es una cuestión de fe. Creemos en La PALABRA de Dios al pie de la letra. Si Él dice que ores para que puedas interpretar, entonces ora y cree que interpretarás y que tu entendimiento dará fruto.

Sin embargo, es útil saber que la interpretación de lo que oramos en el espíritu puede llegar a nosotros como un conocimiento interior.

Un conocimiento es simplemente cuando nuestro espíritu capta algo dicho por el Espíritu Santo y se lo transmite a nuestra mente, que es, sea como fuere, la forma principal en que Dios nos habla. A menudo, solo necesitamos mantener nuestros oídos espirituales atentos a lo que Él está diciendo.

Una interpretación de lo que oramos en el espíritu también puede llegar como una convicción interior sobre lo que es correcto hacer en una situación determinada. O puede ser algo que simplemente se nos escapa de la boca, sin siquiera pensarlo. No provino de la mente, porque no lo pensamos. Es comunicación directa del Espíritu a nuestro espíritu.

Además, no sé cuántas veces he estado en un evento donde alguien estaba predicando, leyendo La Palabra o ministrando con música, y de repente, la respuesta a una situación simplemente parecía explotar dentro de mí. Bueno, esa era la sabiduría de Dios por la que había estado orando y creyendo que Él me revelaría.

La conclusión es la siguiente: la sabiduría ya no tiene por qué seguir siendo un misterio para nosotros. Estaba oculta para nosotros, no de nosotros. Y la sabiduría —la sabiduría de Dios— es el camino hacia nuestro lugar de abundancia en Él.

Así que empieza hoy mismo a construir ese puente desde tu corazón hasta tu mente. Empieza a traducir la revelación celestial en instrucciones terrenales.

Al hacerlo, descubrirás tu propio Nuevo Mundo en Dios. V

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