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¿Quién manda aquí?

Como pastor de una iglesia grande en Detroit, estado de Michigan, no puedo simplemente subirme a un avión y salir de la ciudad por unos días (como a menudo me toca para predicar en otras ciudades) y dejar a mi congregación desatendida.

Tengo que dejar a alguien a cargo.

Por lo general, esa persona es uno de mis pastores asistentes.

Mientras estoy fuera, el pastor asistente ocupa mi lugar de autoridad sobre la iglesia. Tiene el poder de actuar en mi nombre. Y con esa autoridad, espero que piense como yo, hable como yo y actúe como yo, porque me está representando.

Lo mismo ocurre con los creyentes.

Justo antes de que Jesús dejara esta tierra y ascendiera al cielo, Él empoderó a Sus discípulos diciéndoles: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos en todas las naciones, y bautícenlos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mateo 28:18-19).

Con esas palabras, Jesús nos transfirió toda la autoridad que Dios le había dado. Al hacerlo, nos dio el poder de mover el cielo y la tierra, así como el mismo infierno. Pero la pregunta es: ¿cómo lo hacemos?

Cuidado con las armas cargadas

En Hechos 19, se nos cuenta cómo los hijos de un sumo sacerdote judío llamado Esceva viajaban por todas partes tratando de expulsar espíritus malignos de las personas.

Entonces, un día, tras haber oído hablar de los resultados que el apóstol Pablo estaba obteniendo en su ministerio al usar el nombre de Jesús, estos siete hermanos decidieron probar su técnica. El problema es que, cuando intentaron usar el nombre de Jesús, no funcionó. Les salió el tiro por la culata.

En lugar de ahuyentar a un demonio, un demonio los ahuyentó a ellos, después de una buena paliza y de la pregunta reveladora que se encuentra en el versículo 15: «Yo sé quién es Jesús, y sé también quién es Pablo; pero ustedes, ¿quiénes son?»

Aunque dijeron lo correcto… usaron el nombre correcto… y se basaron en el evangelio correcto… no tenían ningún entendimiento de la autoridad que hay detrás del nombre de Jesús, ni idea de lo que estaban haciendo.

Y ahí es donde se encuentran hoy en día demasiados creyentes en lo que respecta a la autoridad que tienen en el Nombre de Jesús. Para la mayoría de los cristianos, el Nombre Jesús es simplemente un título. No tiene mayor peso ni significado que si les dijera que mi nombre es Keith.

Volviendo al momento en que Jesús reunió a sus discípulos antes de ascender al cielo, les dijo:

Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura.  El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, será condenado. Y estas señales acompañarán a los que crean: En mi nombre expulsarán demonios, hablarán nuevas lenguas, tomarán en sus manos serpientes, y si beben algo venenoso, no les hará daño. Además, pondrán sus manos sobre los enfermos, y éstos sanarán (Marcos 16:15-18).

Nota el detalle: En mi nombre.

Vemos esta frase por todo el Nuevo Testamento. Aquí, la palabra griega traducida como nombre es onoma. Significa “autoridad”. También se puede traducir como carácter, pero centrémonos en su referencia a la autoridad.

Ahora bien, es cierto que hay momentos en el Nuevo Testamento en los que la palabra nombre se usa para referirse simplemente al título de una persona, para distinguir a una persona de otra. Pero, con mayor frecuencia, encontrarás que la palabra griega onoma se usa para enfatizar la autoridad en esa situación.

Así que, en Marcos 16, Jesús estaba enfatizando: «En mi nombre expulsarán demonios… En mi nombre hablarán nuevas lenguas… En mi nombre tomarán en sus manos serpientes»

En otras palabras, para lograr expulsar demonios, hablar en nuevas lenguas, no morir por la mordedura de una serpiente, etcétera, deberás entender el poder que respalda el Nombre de Jesús.

Jesús vino con gran autoridad

Jesús actuó en la Palabra de Dios en cuatro niveles diferentes de autoridad. Actuó en la autoridad de Adán, en la autoridad de Abraham, en la autoridad de David y en la autoridad del Hijo de Dios resucitado.

Al relatar la creación del hombre, Génesis 1:26 explica que Dios le dio autoridad «sobre los peces del mar, sobre las aves de los cielos y las bestias, y sobre todo animal que repta sobre la tierra!»

El Salmo 8 dice que Dios coronó al hombre con gloria y honor. Esa gloria era la unción. Era el Espíritu de Dios sobre el hombre lo que constituía su “autorización” por parte de Dios para gobernar sobre toda la tierra, lo que incluía autoridad sobre todos los parámetros de la tierra, o todos los elementos.

Por eso Jesús podía hablarle al viento y a las olas y ellos le obedecían. Se le había dado autoridad sobre todo eso a través de Adán. Ese fue su primer nivel de autoridad.

Más adelante en el libro de Génesis, vemos que Jesús heredó un segundo nivel de autoridad cuando Dios le hizo esta promesa a Abraham: «Yo, el Señor, he jurado por mí mismo que, por esto que has hecho, de no negarme a tu único hijo, ciertamente te bendeciré; multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que hay a la orilla del mar; ¡tu descendencia conquistará las ciudades de sus enemigos!» (Génesis 22:16-17).

La palabra hebrea traducida como conquistar significa “ocupar expulsando al inquilino anterior”.

En otras palabras, la “descendencia” de Abraham, es decir, Jesús, expulsaría al diablo y recuperaría la autoridad que Adán había perdido en su rebelión contra Dios.

Gálatas 3:13-14 lo explica de la siguiente manera: «Cristo [el ungido] nos redimió de la maldición de la ley, y por nosotros se hizo maldición (porque está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero»), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzara a los no judíos, a fin de que por la fe recibiéramos la promesa del Espíritu».

Ahora agreguemos a todo esto el tercer nivel de autoridad de Jesús, que en realidad dará lugar a Su reinado milenario. Esta tercera autoridad llegó como una promesa de Dios al rey David, y se encuentra en 2 Samuel 7:12-13: «Cuando te llegue el momento de ir a descansar con tus padres, yo elegiré a uno de tus propios hijos y afirmaré su reinado. Será él quien me edifique un templo, y afirmaré su trono para siempre».

Como la Simiente de David, Jesús será quien se siente en ese trono.

Así que el nombre de Jesús lleva consigo la autoridad de Adán, la autoridad de Abraham y ahora la autoridad de David.

Pero queda un nivel adicional.

El golpe final

Jesús cumplió el mandato que Dios le dio. Predicó el evangelio, impuso las manos sobre los enfermos, expulsó demonios, alimentó a los hambrientos, y así sucesivamente. Hechos 10:38 dice que Jesús «anduvo haciendo el bien y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».

Pero Su obra no terminó ahí. El alcance de la autoridad de Jesús no se limitó solo al cielo y a la tierra.

Una vez que Jesús fue crucificado y enterrado, Satanás pensó que todo había terminado. No fue así.

Se nos dice que, si el diablo y toda su pandilla hubieran sabido lo que estaba por suceder, «nunca habrían crucificado al Señor de la gloria» (1 Corintios 2:8).

¿Por qué?

Porque, en el momento en que Dios resucitó a Jesús de la tumba, lo exaltó y le dio «un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra.» (Filipenses 2:9-10).

Adán solo tenía autoridad en la tierra. Pero ahora Jesús nos demuestra autoridad en tres mundos: autoridad sobre las cosas en el cielo, las cosas en la tierra y las cosas debajo de la tierra.

Hoy en día, el Nombre Jesús está cargado de toda la autoridad que puedas desear o necesitar, y la totalidad del cielo está lista para respaldarlo.

Entonces, lo que tú y yo tenemos que hacer es empezar a meditar en toda esa autoridad. Al hacerlo, empezará a crecer en ti una confianza y una fe nunca antes vistas.

Ya no se trata de si tenemos la fe para vencer el cáncer, o la fe para salir de las deudas o lo que sea.

Se trata de que hagamos algunas demandas en la autoridad de Jesús. Se trata de que le mostremos a nuestra situación quién está al mando ahora.

¡Gracias a Dios, Jesús está al mando!

Y tenemos el derecho de mantenernos firmes en Su Nombre. V

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