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Encuentra tu lugar de Abundancia en Dios

(Antes de la fundación del mundo — 1ra. Parte)

“Ama tanto a esa(e) niña(o) que le daría hasta el mundo.” A menudo hemos oído esa expresión para describir el gran amor de un padre por su hija(o). Sabemos que ningún hombre podría hacerlo en la práctica. Es solo una expresión para dimensionar la profundidad del amor de un padre.

Lo que quiero que medites es que Dios también es un “hombre de familia”. Como cualquier padre, el deseo de Dios siempre ha sido darles el mundo a sus hijos.

Y mucho antes de que cualquiera de nosotros naciera, eso fue precisamente lo que hizo.

«Desde la antigüedad no se ha escuchado», nos dice Isaías 64:4 (RVA-2015), «ni el oído ha percibido, ni el ojo ha visto a ningún Dios fuera de ti, que actúe a favor del que en él espera».

Cuando Dios decidió que quería una familia, hizo lo mismo que hacen los padres. Empezó a planificar. Empezó a prepararse. Miró a Su alrededor en el cielo, y el cielo era un lugar agradable; pero, sea como fuere, no era suficiente. Dios quería algo nuevo para Su familia. Entonces, creó el universo.

El relato de la creación en el libro de Génesis nos dice que, mientras Dios llevaba a cabo Su plan, se tomó el tiempo para examinar lo que había hecho. Y lo que vio, le gustó. Lo llamó «bueno».

De hecho, todo era tan bueno que, cuando terminó, Dios había hecho que todos los hombres y mujeres que nacerían en este mundo fueran ricos más allá de lo que pudieran soñar o imaginar.

Imagina cuidar un jardín en el que hay oro esparcido por el suelo. Así es como la Biblia describe el Jardín del Edén. Yo diría que eso es ser rico.

Lo que la Iglesia no ha comprendido en su plenitud, es que la intención de Dios desde un principio siempre fue hacer al hombre más rico de lo que jamás pudiera soñar. Desde el comienzo de los tiempos, Dios ha tenido la intención de que cada persona pase toda la eternidad explorando la abundancia de posesiones y herencias que Él ha preparado para ellos antes de que el mundo existiera. Su intención es que cada hombre y mujer prosperen en todos los sentidos posibles. Ese era Su plan en el Antiguo Pacto.

En el Salmo 66:12, leemos: «Caballos y jinetes han pasado sobre nosotros; hemos pasado por el fuego y por el agua, pero al final nos has llevado a la abundancia». Otras traducciones utilizan la frase «un lugar de mucha abundancia».

Dios había preparado un lugar próspero para Su pueblo. Era un lugar en Él que le ofrecía abundancia de sabiduría, abundancia de salud, abundancia de prosperidad financiera, abundancia de amor, etc.

Su intención sigue siendo la misna bajo el Nuevo Pacto.

«Porque somos obra de Dios (Su creación)», escribe el apóstol Pablo, «recreados en [el Ungido] Jesús [por Su unción], [nacidos de nuevo] para que hagamos las buenas obras que Dios predestinó (planeó de antemano) para nosotros [tomando los caminos que Él preparó de antemano], para que andemos en ellas [viviendo la buena vida que Él preparó y dispuso para que viviéramos]» (Efesios 2:10, Biblia Amplificada, Edición Clásica, AMPC).

Antes de que se estableciera la fundación de este mundo, antes de que Adán y Eva respiraran por primera vez, Dios ya había preparado para cada uno de nosotros un lugar de riqueza… un lugar de abundancia en Él.

“Pero, hermano Copeland, si Dios tiene ese lugar abundante para mí, ¿por qué lo puso donde no puedo verlo ni tocarlo con mis sentidos naturales?”

Bueno, es sencillo… lo puso en un lugar donde el hombre no pudiera perderlo.

Una vida en la que todos ganan

Cuando Dios estableció los pilares para este lugar de abundancia antes de la fundación del mundo, no solo nos hizo ricos, sino que también lo diseñó todo de tal manera que nunca nos lo pudieran robar.

Aunque Dios había creado el Jardín del Edén para Su familia, sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que Adán se lo entregara todo al diablo. Por lo tanto, tenía un plan, y el secreto de ese plan se encuentra en Efesios 1:3-5:

Toda la alabanza sea para Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo [el Ungido], quien nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en los lugares celestiales [el Ungido y en Su Unción], porque estamos unidos a Cristo. Incluso antes de haber hecho el mundo, Dios nos amó y nos eligió en Cristo para que seamos santos e intachables a sus ojos. Dios decidió de antemano adoptarnos como miembros de su familia al acercarnos a Sí Mismo por medio de Jesucristo…

Fíjate en la palabra «ha» en el versículo 3: «nos ha bendecido». En el inglés antiguo de la versión KJV, significa “ya ha”. A partir de esto, podemos comprender que Dios nos BENDIJO antes de que existiera el mundo.

De hecho, este versículo prosigue diciendo: «quien nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en los lugares celestiales…» Si lo piensas bien, antes de que existiera este mundo natural y físico, no había nada más que lugares celestiales. Los lugares terrenales aún no habían sido creados. Toda esta planificación tuvo que haber ocurrido antes de la fundación del mundo.

¿En qué consistía toda esa planificación?

Dios estaba preparando cuidadosamente nuestro Pacto eterno. Y ahí es donde entra en juego la palabra BENDECIDO (versículo 3). La palabra BENDECIDO, cuando se aplica a una situación de pacto, significa literalmente “facultado para prosperar”.

Ahora bien, es bastante obvio que no necesitamos un pacto o un acuerdo con alguien para ser pobres. Podemos ser pobres sin ayuda alguna. «Un poco de dormir, un poco de soñar, un poco de cruzarse de brazos para descansar», nos dice Proverbios, «y la pobreza vendrá como un ladrón armado. La conclusión es que no necesitamos un pacto que nos muestre cómo alcanzar un nivel de vida más bajo, ya sea fracasar en la vida, arruinarse, enfermarse o lo que sea.»

Si lo que buscamos es acceder a un nivel de vida más alto, lo que entonces necesitamos es un Pacto con alguien que se encuentre en un estado superior al nuestro. Se necesita el Pacto con el Dios Todopoderoso para alcanzar nuestra riqueza en la vida, para ser libres del pecado y sus efectos, para nacer de nuevo y tener la unción de Dios morando en nosotros.

Así que aquí, en Efesios 1, encontramos que BENDECIR, o facultar para prosperar, es un término del Pacto. Es “sobresalir en algo deseable” o “llegar al lugar más alto”.

En realidad, la palabra hebrea traducida como prosperidad significa “paz, integridad, sin faltantes ni roturas”. La prosperidad es mucho más que tener mucho dinero. Cuando Dios nos prospera o nos BENDICE, nos faculta para sobresalir hasta el lugar más alto en todo lo deseable, que es lo que hizo al elegirnos en el Ungido, Jesús, antes de la fundación del mundo.

Mírate a ti mismo como Dios te ve

Cuando Dios decidió formar una familia, calculó el costo, ideó un plan y luego hizo una promesa. El apóstol Pablo nos da una idea de esa promesa.

«Yo, Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, según la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que corresponde a la piedad, en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos» (Tito 1:1-2).

Antes de que el mundo existiera, Dios, que no puede mentir, nos prometió la vida eterna. La prometió antes de que Adán fuera creado. La prometió antes de que existiera el pecado. Por consiguiente, la promesa de Dios de vida eterna no fue una reacción a nuestro pecado.

Cuando clamamos a Jesús para que fuera nuestro Señor y Salvador, Dios no estaba mirando desde el cielo y viendo un desastroso, desanimado pedazo de basura sin valor alguno. Puede que así fuera como nos veíamos a nosotros mismos, pero eso no es lo que Dios veía. En primer lugar, esa no era la primera vez que Él nos veía.

En Efesios 2:10 leemos que somos hechura de Dios, recreados en el ungido Jesús por Su unción. En realidad, Dios nos vio por primera vez antes de la fundación del mundo, no el día en que nacimos en esta tierra. Antes de que ocurriera el pecado, antes de que se conociera al ser humano, Dios nos vio y nos consideró maravillosos, perfectos, íntegros, sanos, plenos… en el Ungido Jesús. Medita al respecto por un momento y te librarás de todo rastro de condenación en tu vida.

Por lo tanto, tenemos «la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos», y nada puede detenerla. Ni satanás… ni ninguna fuerza de las tinieblas.

Describiendo con mayor detalle esta promesa y su obra, Hebreos 4:1-3 dice:

Por eso, temamos a Dios mientras tengamos todavía la promesa de entrar en su reposo, no sea que alguno de ustedes parezca haberse quedado atrás. Porque la buena nueva se nos ha anunciado a nosotros lo mismo que a ellos; pero de nada les sirvió a ellos el oír esta palabra porque, cuando la oyeron, no la acompañaron con fe. Pero los que creímos hemos entrado en el reposo, conforme a lo que él dijo: «Por eso, en mi furor juré
“No entrarán en mi reposo”», aun cuando sus obras estaban acabadas desde la creación del mundo.

Fuimos elegidos en el Ungido Jesús, se nos prometió la vida eterna y todas las «obras» estaban acabadas antes de la fundación del mundo. Estas «obras» incluían todo lo que Dios hizo para asegurar nuestro lugar de abundancia en Él.

Primero, Dios tuvo que ordenar a Jesús. «Sino con la sangre preciosa de Cristo, sin mancha y sin contaminación, como la de un cordero, que ya había sido destinado desde antes de que Dios creara el mundo, pero que se manifestó en estos últimos tiempos por amor a ustedes» (1 Pedro 1:19-20).

Ordenar significa “separar” o “apartar”. Antes de la fundación del mundo, Dios apartó a Jesús para que se convirtiera en hombre. Luego, le dio a Jesús un camino predestinado que seguir y una obra predestinada que hacer.

Apocalipsis 13:8 nos dice que Jesús era «la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo». Dios ordenó a Jesús para que viniera a esta tierra y predicara, que fuera el Cordero sin mancha, que fuera inmolado y resucitado de entre los muertos, y luego reinara como SEÑOR, como Abogado General y como Sumo Sacerdote de la Iglesia. En resumen, Dios ordenó a Jesús para garantizar el lugar próspero que preparó para nosotros antes de la fundación del mundo.

Ahora bien, también había algunas «obras» que Dios predestinó para que hiciéramos. Quizás recuerdes que Efesios 2:10 dice que fuimos “recreados… [nacidos de nuevo] para que hagamos las buenas obras que Dios predestinó (planeó de antemano) para nosotros [tomando los caminos que Él preparó de antemano], para que anduviéramos en ellos” (AMPC).

Dios tenía “buenas obras” planeadas para nosotros y “caminos” preparados para nosotros, todo ello antes de la fundación del mundo. Ya sabemos que los caminos nos llevan a nuestro lugar de riqueza en Dios. Pero lo que también debemos comprender es que nuestro lugar de abundancia en Dios es donde se guardan todos los bienes necesarios para hacer estas “buenas obras”. Dios lo creó todo y lo reservó para nosotros antes de que el mundo comenzara. Nos ha pertenecido desde un principio.

Revelando la buena vida

Comenzamos nuestro estudio con lo que se nos había profetizado bajo el Antiguo Pacto: Que «no se ha escuchado, ni el oído ha percibido, ni el ojo ha visto» todo lo que Dios había preparado para nosotros (Isaías 64:4, RVA-2015).

Pero ahora examinemos la revelación del Nuevo Pacto que el apóstol Pablo añadió a este pasaje cuando lo citó en 1 Corintios 2:9-10: «Como está escrito: «Las cosas que ningún ojo vio, ni ningún oído escuchó, Ni han penetrado en el corazón del hombre, Son las que Dios ha preparado para los que lo aman.» Pero Dios nos las reveló a nosotros por medio del Espíritu».

Dios nos las ha revelado por Su Espíritu.

Nuestro lugar de riqueza no está en algún lugar celestial. Si así fuera, ¿cómo podríamos hacer las «buenas obras» que Dios nos predestinó a hacer? No, ya nos ha sido revelado.

Jesús dijo: «El reino de Dios está entre ustedes» (Lucas 17:21). Eso significa que nuestro lugar de riqueza está dentro de nosotros, ahora mismo. Tenemos el Espíritu de Dios. El Ungido y Su Unción están en nuestro interior, y Él nos ha revelado nuestro lugar de abundancia en Dios.

Ahora bien, puede que en este momento no parezca que estés disfrutando de toda la paz y la provisión de tu lugar de riqueza. Pero recuerda que Dios tiene un plan y también tiene un camino diseñado específicamente para ti. Él puede llevarte por ese camino correcto.

En 1967, Gloria, nuestros hijos y yo vivíamos en Tulsa, Oklahoma. A mis 30 años, era un estudiante de primer año en la Universidad Oral Roberts (ORU). Vivíamos en una pequeña casa en una zona donde más tarde las casas fueron declaradas para demolición, y teníamos una deuda de $24.000 dólares. Nuestro lugar de riqueza parecía estar a una eternidad de distancia.

Sin embargo, un día, Gloria y yo nos sentamos en nuestra pequeña mesa de comedor y tomamos la comunión. Tomamos juntos esa comida del Pacto como una muestra abierta y un sello del compromiso que hicimos de poner la PALABRA de Dios en primer lugar en nuestra vida. Acordamos, por el Pacto eterno jurado en la sangre de Jesús, que la PALABRA sería la autoridad final en todos los asuntos que enfrentáramos.

En realidad, lo que estábamos haciendo, aunque no lo sabíamos en ese momento, era elegir el plan predestinado de Dios para nosotros. Y, al hacerlo, Dios pudo ponernos en el camino hacia nuestro lugar de riqueza en Él.

El Salmo 119:105 dice que la PALABRA de Dios es lámpara para nuestros pies y luz para nuestro camino, y me gustaría añadir… una luz para mi camino hacia mi lugar de abundancia.

Los planes de Dios, los caminos de Dios, la PALABRA de Dios, solo tienen una dirección: Hacia nuestro lugar de riqueza en Él. Todos se dirigen a un lugar libre de deudas, libre de enfermedades, libre de preocupaciones, libre de demonios. Es la buena vida que Dios preparó para que vivamos.

Jesús sufrió, sangró y murió para que tú y yo pudiéramos tener esa buena vida y nunca más perderla. Es más, lo hizo para que nuestro Padre pudiera tener la familia que siempre había deseado.

El apóstol Juan, tras vislumbrar la “familia”, escribe:

«Vi también que la ciudad santa, la nueva Jerusalén, descendía del cielo, de Dios, ataviada como una novia que se adorna para su esposo. Entonces oí que desde el trono salía una potente voz, la cual decía: «Aquí está el tabernáculo de Dios con los hombres. Él vivirá con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios» (Apocalipsis 21:2-3).

En este mismo momento, tú y yo nos dirigimos hacia el Rapto de la Iglesia. Nos dirigimos hacia una reunión familiar nunca antes vista.

Sin embargo, individualmente, nuestro lugar de riqueza en Dios, en esta tierra, nos está esperando. Mientras aún haya tiempo, avanza y contiende por él. Al fin y al cabo, tu lugar de riqueza te ha estado esperando desde la fundación del mundo.

Toma hoy la decisión de emprender tu camino. Deja que la PALABRA sea la luz que te lleve hasta allí. Permanece en la PALABRA y encontrarás abundancia en Dios, una abundancia que supera tus sueños e imaginaciones más descabellados. V

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