Hace algunos años, alguien me relató la historia de una estudiante universitaria. Ella vio su nombre en el diario local, en el cual se anunciaba que había heredado una considerable suma de dinero. ¿Puede imaginarse cuán sorprendida estaba?
Lo único que impedía que ella usara ese dinero para suplir sus necesidades era desconocer que éste existía. Era obvio que la persona que se lo heredó y el banco, querían que lo disfrutara y tenían el dinero en una cuenta a su nombre. Sin embargo, ella no podía retirar dinero de una cuenta que no sabía que existía.
Cada uno de nosotros como hijos de Dios, poseemos una cuenta como esa. Es una cuenta que contiene todas las cosas pertenecientes a la vida y la piedad (2 Pedro 1:3). Como coherederos con Jesús se nos ha entregado una herencia que puede eclipsar el sol. Es tan extensa que no existe mente humana que pueda comprender la magnitud de lo que nos pertenece.
Lo mejor de todo es que ésta ¡ya nos pertenece! No la heredaremos después de morir, pues cuando Jesús murió, nos dejó esa herencia. No obstante, tenemos el mismo problema que esa joven universitaria tuvo. La mayoría de nosotros ni siquiera sabemos que tenemos una herencia. Otros han escuchado al respecto; sin embargo, no saben que ya les pertenece —y aquí en la Tierra es donde la necesitamos—. Además, hay otros que han oído acerca del tema, pero no creen que les pertenezca. Si la estudiante universitaria no hubiera creído en esa herencia y tampoco hubiera recibido ese dinero, entonces esa herencia no le hubiera beneficiado en nada. Su benefactor se la hubiera dejado en vano, si ella se hubiera negado a creer lo que vio en el diario acerca de su herencia.
No permita que la falta de conocimiento o la incredulidad, le roben su herencia. Indague en la PALABRA y averigüe más acerca de lo que le pertenece en Jesús.
Después de todo, su Padre celestial desea que usted la reciba. Dios lo ama tanto que envió a Jesús a salvarlo, y para asegurarse de que usted reciba su herencia. Gracias a Jesús usted es parte de Su familia mediante un lazo consanguíneo, a fin de que reciba todo lo que es de Él.
Dios abrió una cuenta celestial a su nombre. Por tanto, extienda su manos de fe y comience a recibir ¡su herencia de amor!