Muchas personas cometen el error de pensar que alguien que los ama siempre los hará sentir bien. Confunden el amor con emociones cálidas y palabras lisonjeras.
He escuchado a madres caer en ese error al expresar cosas como: “Amo demasiado a mi hijo como para disciplinarlo. Me duele verlo llorar, y por esa razón no lo hago”.
La madre que habla de esa manera no ama en realidad a su hijo, se ama a sí misma. Si en realidad lo amara, haría a un lado su incomodidad emocional, con el fin de hacer lo que es mejor para su hijo. Sufriría al verlo llorar e incluso estaría dispuesta a que su hijo se disguste por un tiempo con ella. Estaría más preocupada por la formación y el éxito a largo plazo de la vida de su hijo que en su necesidad de ser amada y aprobada.
Lo mismo ocurre entre amigos. Los verdaderos amigos, que en realidad lo aman, estarán dispuestos a decirle la verdad y las cosas que le ayudaran a corregir su vida. Serán sinceros con usted; aún si eso le molesta, pues están más interesados en su crecimiento espiritual y en su bienestar que en la necesidad que ellos tienen de su amistad.
Por esa razón, no debemos sorprendernos cuando Dios; a través de Su PALABRA escrita, de Sus siervos o de la voz del Espíritu Santo en nuestros corazones nos diga cosas que al principio nos incomoden. No deberíamos impactarnos cuando el Señor nos corrija o reprenda. Él no es un Dios egoísta, al contrario, nos ama de verdad. Dios es un buen Padre y un buen amigo. Por consiguiente, si sabe que es por nuestro bien, está dispuesto a hablarnos de una manera que cause incomodidad emocional o que agite nuestra alma.
Recuerde esto, la próxima vez que el SEÑOR lo castigue y sienta la aguda emoción de vergüenza que acompaña a la corrección. En lugar de reprender al diablo, y creer que su amado Padre nunca le diría algo tan desagradable; tome en cuenta esa corrección. Permita que el Espíritu Santo le muestre de qué manera lo ayuda esa corrección. ¡Y déle gracias a Dios, por amarlo lo suficiente como para decirle la verdad!