Cuando Dios quería que Abraham supiera cuánto Él le amaba y cuán comprometido estaba en cumplir las promesas que le había hecho; realizó un pacto de sangre. Lamentablemente, en nuestras culturas se sabe muy poco acerca de los pactos. Los hemos reemplazado con contratos impresos en papel y firmados con tinta —contratos llenos de promesas que se pueden romper—.
En los tiempos de Abraham no era así. En su cultura como en otras culturas, de la actualidad y de esa época, basadas en pactos; cuando dos personas o dos familias se unían en un pacto de sangre, era un compromiso serio e inquebrantable. Cuando el animal que se ofrecía para el pacto se partía en dos, los que iban a pactar debían caminar sobre una senda de sangre, y se hacían promesas el uno al otro.
Se juraban lealtad el uno al otro. Luego, expresaban: “Todo lo que tengo y todo lo que soy, de ahora en adelante, te pertenece a ti tanto como a mí. Pelearé en contra de cada uno de tus enemigos. Asimismo, usaré cada una de mis fortalezas para ayudarte, nunca padecerás necesidad. Ofreceré mi vida por ti de ser necesario. Además, mientras yo viva tú nunca estarás solo”.
Para sellar ese pacto, hacían cortes en sus manos y mezclaban su sangre. Se dejaban la cicatriz en la piel, a fin de que ésta se convirtiera en una marca importante que nunca se desvanecería. Y ésta se convertiría en una marca permanente de su pacto de sangre.
Eso es lo más cercano, en esta Tierra, al pacto de amor que Dios estableció con nosotros. No sólo es un contrato de papel y tinta. Es un compromiso fiel entre el Padre y Jesús, el cual fue sellado con la sangre de Jesús. Las cicatrices están en Su cuerpo resucitado —los agujeros en Sus manos y pies—, y son la marca eterna del juramento que Dios nos ha hecho a todos aquellos que estamos en Cristo, Él se ha unido a nosotros por la eternidad.
Dios nos amará para siempre con Su pacto de sangre de amor.