Cuando vivimos en temor y nos enfocamos en nuestra auto preservación, en lugar de vivir en amor y confiar en la protección de Dios; no sólo estamos perdiendo el gozo de nuestra salvación; si no nos estamos perdiendo el gozo de ministrar esa salvación a otros. ¿Cuántas veces por temor hemos retrocedido y fallado en testificar acerca de Jesús, porque nos sentimos intimidados por esa persona? ¿Cuántas veces nos hemos enfocado tanto en cuidar de nosotros, en tiempos difíciles o de crisis que nos hemos perdido la oportunidad de cuidar de alguien más?
A menudo, cuando leo acerca de cómo Jesús trató al endemoniado de Gadara, pienso en que la mayoría de cristianos hubiera huido a causa del temor. Al ver aquel maniaco aproximarse hacia ellos, no les habría importado tanto su liberación, sino ¡salvarse a sí mismos!
En lo personal, estoy convencido que ese hombre no iba hacia Jesús para adorarlo. Su intención era matarlo, pero no pudo porque Jesús vivía en el perfecto amor y protección de Dios. Y como resultado, aquel sujeto se fue a casa libre de la legión de demonios, y le testificó a otros acerca del amor y del poder de Dios.
Quizá no existan muchos creyentes viviendo en ese tipo de amor —pero sí hay algunos—. Hace un año, escuché de uno de ellos, mientras visitaba a un amigo que estaba en prisión. Mi amigo irrumpió en la casa de una anciana y mientras robaba sus cosas, ella se acercó y lo agarró. Y en lugar de gritar o desmayarse, lo sentó y le leyó la Biblia. Él me expresó: «Sabes, aquella mujer me habló y me convenció de entregarme. No sé porque tuvo tanto poder sobre mí. Pero sí sé lo siguiente, si no hubiera venido a prisión, nunca habría conocido a Jesús. Y jamás hubiera nacido de nuevo».
Medite en ese ejemplo, el poder del amor no sólo protegió a aquella mujer y detuvo al ladrón, sino también hizo que aquel hombre fuera salvo. Si ella pudo andar en ese tipo de amor, ¡todos nosotros también! Y entre más vivamos en amor, más personas libres veremos.